domingo, 23 de octubre de 2016

Venta la Montaña.






-Qué me pido, que me pido-,
me decía siempre al apartar la cortinilla
que daba paso al recreo de mis sentidos.

Entre buena gente y mejor yantar,
he crecido y madurado con ratitos entre cortos y largos,
que más que recuerdo, son en esta carne un constante soñar,
al derretirse entre los labios e inundar el paladar,
sin que mis ojos se hayan cerrado ni mi voz pueda con más.

En Benimantell, donde he corrido más que andado
y brincado más que llorado, tengo un rincón tan mío
como de sus gentes es mi recuerdo con su final y su comienzo.

Y es allí, en aquel pueblo de tierras sanas y gente especial,
donde anda mi rincón escondido
a un mundo de la prisa prisionero.

En la “Venta la Montaña”… donde uno se deja llevar,
se va sin ninguna prisa y se llega para respirar,
todos aquellos aromas y caldos
que hacen de la vida milagro y de mi rincón ese algo,
que ni enterrado un cuerpo podría desechar.

Un día, haré un poema a las croquetas
y los postres de aquella venta
donde toda familia es amablemente acogida.
Un día de estos, me levantaré de fuera hacia adentro
para hacer propìa toda aquella tierra,
aquel gran pueblo, y esa venta tan, tan querida,
que aún hoy corre por mis venas llenas de lejanía.

-Qué me pido, que me pido-,
me decía siempre y nunca al oído,
mientras agua se me hacía la boca
sabiendo cuantísimo bueno me esperaba dentro.






Este poema va dedicado a un restaurante familiar "Venta la Montaña", sito en la localidad de Benimantell (Alicante), un magnífico entorno de aire y agua limpios y gente buena, en el que he comido, cenado y tapeado muchísimas veces, por lo que sí lo recomiendo, es por causa más que probada, y no solo por su gran cónica, también, por su trato, exquisito en todos sus términos.