viernes, 24 de febrero de 2017

Mi total apoyo y solidaridad con los que reparte pizzas





     Cuando yo era un mocoso, los pisos, a la entrada de los postigos y/o zaguanes, tenían unos timbres, bien blancos, bien negros, que eran casi como pezones de mujer. Pero pezones de esos buenos, buenos, y no de normal no, sino de cuando les da un escalofrío. Aquellos timbracos tenias que tocarlos ¡cuidado!, con fuerza, y entonces alguien se asomaba por el balcón o una ventana para identificarte a ver si te abría o no la puerta. O bien, te la abrían directamente, entonces te acercabas al hueco de la escalera y a grito pelaó con el cuello retorcido así como para arriba, te ponías hablar con el interesado. ¡Ah! pero la tecnología empezó a inundarnos y llegaron los porteros automáticos. Ya no hacía falta salir al balcón, o abrir la ventana para asomar el coco afuera. ¿Constipados por ese motivo? Ni uno desde aquello. Y no era aquella la única ventaja, las cotillas que todos sabemos no faltan en ninguna comunidad de propietarios, podían descolgar el telefonillo y ponerse al día de lo que otras hablaban en la calle junto el postigo. ¿No han entrado nunca a una casa y junto la puerta de la calle se han dado con una silla o taburete, y se han preguntado sobre qué leches hacia aquello allí, con lo estrecho que era el pasillo? Pues si es el caso, sepan ustedes que están en casa de cotilla adicta al telefonillo. Siguiendo con los avances de los porteros automáticos, resaltar que desde entonces, a no ser que supieras cuál era el timbre, tampoco era preciso ir tocando uno por uno hasta encontrar al susodicho interesado. En los porteros automáticos iba un espacio pequeñito y protegido de las inclemencias del tiempo, donde podías meter una chapita grabada con el nombre de los de la familia. ¡Qué caña!
     Buscándole al portero automático algún inconveniente… está el de los putos mocosos que a la hora de la siesta en fines de semana o vacaciones, o cuando salían del colegio y camino a casa, postigo y/o zaguán, edificio por edificio, iban pegaban un manotazo a palma abierta, y si no todos, el 90% de timbres si tocaban a la vez con un esfuerzo cero, ya que aquellos timbres era muy sensibles y blanditos. Nada, pero nada, nada, que ver, con los otros, ya saben, el tipo pezón de friolera.
     Pero la tecnología no quedó ahí, tenía hambre y ganas, y apareció en el mercado el videoportero. Grabar, no grababan, pero ahora aparte de poder hablar con el que desde abajo tocaba el timbre, le veías, mejor o peor según diera el sol o el de abajo se pegara al timbre, pero si, ahí había alguien. Y hasta aquí, la tecnología lo ponía fácil, hasta que, aparte del portero automático y el video, metiendo unos dígitos secretisimos que tienes si eres propietario de un piso, y dándole a la campanita después del asterisco. Coño, que hasta puedes abrir la puerta sin llave o esperar a que te abra la niña, que en ese momento la has pillado cagando o en la ducha. Eso está la ostia de bien, pero cuando no eres uno de los que viven allí… aquí llega el lío. Junto el videoportero hay un listado que parece la lista de los caídos en combate, con el nombre de los vecinos y el número de timbre que toca. Ósea, buscas el nombre, miras el número, que en muchas ocasiones se compone de  dos o tres cifras. Ahora mete uno por uno los numeritos que la componen, hecho lo cual, en una pantallita que tiende a verse tan poco que como no lleves las gafas de cerca estas jodido, aparece un nombre de los de la lista que has mirado antes. Entonces, si es el que buscas, pulsas al botón con el dibujo de una campanita y a esperar que estén en casa. ¡Cuidado! que como sea una urbanización, esta maniobra te toca hacerla dos veces como poco.
     Imaginaos ahora todo este proceso con un casco puesto y una pizza caliente en la mano. ¿A que si? Pues eso, mi total apoyo y solidaridad a ese colectivo tan valiente y sacrificado, para mí, casi los únicos y auténticos héroes de hoy.