sábado, 4 de marzo de 2017

Soy tó orejas.



Mi hija mayor lleva un tiempo diciéndome que me estoy quedando sordo, yo no la creo, para mí, que lo que hace es hablar más bajo de lo normal para joder. Porque sin ir más lejos este mediodía, dos mesas más para allá de donde me hacía el café, dos señoritingas de estas muy estiradas, con trapitos, zapatos y bolsos de marca (si eran imitaciones o no, me la suda), ya saben ¿no? de las que cogen la tostada con dos deditos y los demás se quedan así como para arriba, y aunque el café con leche queme cosa mala, no le soplan por si les sale un perdigonazo de saliva de esos tan poco finos que van más con la clase obrera. Y una decía a la otra, por lo bajito, demostrando que el problema no está en mis orejas. Que ella imaginaba que en aquellas cápsulas iba una especie de tapón de silicona comprimido, y que la cápsula, al contacto con los ácidos gástricos se deshacía liberando el tapón. Por resumir que para eso ya habido bastante con que yo me chupara toda la conversación. Por lo visto, la señora en cuestión tenía unas cagaleras de aquí no te menees y el médico le había mandado unas cápsulas para cortarsela. Y el resultado fue tan brutal, que la buena mujer no se lo explicaba de otro modo que con aquello del tapón a mitad de culo. Puede sonar bestia, pero es así, hasta las damas más finas de vez en cuando no sólo cagan, también lo comentan.