viernes, 16 de junio de 2017

Aquellos maravillosos años.





Tan pequeño era aquel corazón,
que, sin lugar a la oportunidad,
se llenó de final.

Entre los dedos sus ojos y largo cabello
pasaron sin rozar la abierta mano,
para cuán traidor hambriento,
quedar enredado en eternos sueños.

Cuando aún no sabes qué es aquello que,
sin tenerlo duele. Cuando sólo sabes que,
es ella lo que te da el aire.
Cuando gritar y abrazar te pide la carne
sin que ella te sienta alguien,
no es llorar lo que alivia, ni rezar lo que ayuda.
Ni es morir aunque quisieras, lo que apremia.

Maldita pubertad y malditos los amores,
que, sin saber aún canalizar,
te llenan de tanta angustia,
que sin saber por dónde empezar,
te ahogan con la pena y la desdicha
hasta aquel lejano día donde por fin,
olvidas quien fue y será,
la que pasó por delante un día sin más,
para cuan puñal afilado y sin aparente final,
atravesarte la carne en canal.

Y aquella chiquilla, hoy, mujer ya,
la vi cruzar por la orilla,
y, su pasado en presente volvió a nacer,
con aquella tanta fuerza con la que se fue,
llenando a este que la mira de nostalgias que nadie ve.

Que buenos los recuerdos dormidos de ese dolor fiel,
que, hacen al hombre de nuevo crio y, a sus sueños,
dan olor a la mujer, que, antes de ello fuera niña
y, antes de niña, el ser divino que me subió a los infinitos,
cuando, con una edad que no pasaba,
cada día  nos cruzabamos sin que se movieran sus labios,
sin que se giraran nuestras cabezas, sin que ninguno se dijera. 

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